Al marketing tradicional le encanta venderte cuentos de viñedos idílicos donde los pajaritos cantan. La realidad de El Cerro de Redondillo es mucho más hostil y, por eso mismo, el resultado es infinitamente mejor.
Hablamos de cepas de Tempranillo plantadas en 1925. Sí, casi un siglo sobreviviendo entre lastras de arenisca. Aquí la raíz tiene que perforar la roca para no secarse y morir. Esa angustia es la que genera una concentración de fruta espectacular.
La bodega lo tiene claro: la madera no puede tapar la tierra. Por eso lo crían 11 meses en barrica francesa de tercer uso y 500 litros. Buscan oxigenar y pulir la bestia, no disfrazarla de vainilla barata como hacen los fabricantes de volumen.
¿Qué vas a notar?
Un color profundo que avisa de lo que viene. En nariz no huele a maderita predecible; es una bofetada de fruta negra, fruta roja y un fondo de plantas aromáticas. En boca tiene un cuerpo y un volumen descomunales, denso pero con una finura que te exige seguir bebiendo.
Por qué elegirlo:
Porque beberte el esfuerzo de una cepa casi centenaria que se niega a rendirse es un privilegio. Es un Rioja de autor, honesto, profundo y diseñado para la gente que pasa olímpicamente de las etiquetas comerciales y busca beber con sentido.
Aviso para los que se lo piensan demasiado:
Esto no sale de una fábrica inmensa de la que sobren palés. Es una parcela minúscula y el rendimiento de las viñas de 1925 es ridículo. Cuando estas botellas desaparecen, se acabó el juego. O lo metes en el carrito ahora, o te quedas con las ganas de probar la historia viva de Rioja.
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